American Nightmare: la sorprendente historia de un secuestro puesto en duda que conmocionó a EE.UU.
TENÍA 25 AÑOS y fue una de las 23.144 personas secuestradas en Colombia entre 1996 y 2006. Entre tantos temores que la rondaban, sospechaba que sus plagiarios -delincuentes comunes- pretendían abusar sexualmente de ella. Una sensación de indefensión que la llevó a entablar una relación con uno de ellos; un pacto de fingido amor que, años después, reconoció que había respondido a su instinto de supervivencia. “Que me abuse uno solo, no los cinco”, dice que pensaba. Con un propósito similar, un ingeniero caleño de 35 años, secuestrado por las Farc, decidió seducir a una guerrillera para obtener algunas gabelas, como un plástico mejor para su cambuche o una mejor ración de comida.
En el extremo opuesto, y también con el fin de preservar su integridad, una mujer de 40 años relata que durante su cautiverio no se quitaba la ropa ni para bañarse. Era la manifestación externa de una especie de cinturón de castidad psicológico que se impuso y que, unido a las otras condiciones infrahumanas del secuestro, le dejaron secuelas físicas, como severas irritaciones de la piel, y psicológicas, como la fobia hacia la sexualidad y hacia el contacto físico con los demás.
El secuestro es una experiencia tan traumática, que algunas veces deja huellas profundas en el terreno de la sexualidad. El largo historial de este flagelo en Colombia da para contar historias de matrimonios que se disuelven como consecuencia del enamoramiento de dos secuestrados durante el cautiverio, de víctimas que entablan relaciones sentimentales con sus captores -el conocido síndrome de Estocolmo- e incluso, la anulación de cualquier expresión de la sexualidad, como el caso mencionado.
El psicólogo Emilio Meluk, profesor de la Universidad Nacional, es uno de los primeros expertos que estudió y analizó el tema, y en 1999 publicó El secuestro, una muerte suspendida, basado en la experiencia de 280 personas víctimas de este delito. La investigación lo llevó a la conclusión de que en la mayoría de los casos, la sexualidad queda sumida por sentimientos de angustia y temor. “Pasa como a un quinto nivel y, si la hay, es una estrategia de supervivencia, no es una sexualidad legítima -dice Meluk-. En general, frente al vínculo que se establece entre secuestrador y secuestrado no puede hablarse de una relación afectiva, sino de una relación de dos mentirosos engañándose porque cada uno tiene un objetivo específico: el primero quiere controlar y el otro quiere salir vivo”.
María Clara Bayón de Cleves, psiquiatra especializada en terapia de familia y de pareja, sostiene con respecto al tema: “Es posible que el secuestro genere situaciones íntimas en todos los niveles, incluidos el afectivo y el sexual, y más aún si hay situaciones de sometimiento, pero hay que tener en cuenta que es una situación consentida por el instinto de supervivencia”.
Los expertos coinciden en que a diferencia de lo que ocurre en otros contextos adversos -desplazamiento forzado, catástrofes naturales, prisión- en que la sexualidad se convierte en un antídoto contra la desesperanza, en condiciones de secuestro es una dimensión que tiende a permanecer apagada. “Las relaciones afectivas y sexuales durante el secuestro son extrañas y extremas”, sostiene la psicóloga Olga Lucía Gómez, directora de la Fundación País Libre. Sin embargo, reconoce que el cautiverio genera lazos de amistad entre cautivos y secuestradores que puede interpretarse como un comportamiento adaptativo. Por esta razón, los expertos recomiendan a las personas en riesgo de ser secuestradas que en caso de llegar a estarlo deben intentar tener relaciones cordiales con sus captores pero sin perder de vista que son víctimas y que deben diferenciarse de ellos. “De hecho, las cosas por lo general no pasan de ahí -asegura Gómez-. El resto obedece más bien al imaginario de los medios”.